CRÓNICAS DE RETÓRICA

El 30 de abril de 1985 murió mi papá. Don Pepe, lo llamaban sus nietos. Lo estábamos velando cuando llega al lugar una corona que rezaba: Presidencia de la Nación. Mis sobrina Eugenia, que estaba sentada con mi mamá, le comentó: “Mirá abuela, el Presidente le mandó una corona a Don Pepe”. Y mi vieja, sin repara en lo que de protocolar tenía ese gesto, le contestó: “Sí, Don Pepe se lo merecía”.

Creí encontrar en ese recuerdo una clave. El amor, el respeto y la admiración que profesamos por Raúl Alfonsín nos emparenta en un sentimiento casi filial. Entonces parafraseando a mi vieja, digo: “Crónicas de Alfonso” es una obra afectuosa, entrañable y necesaria que Roberto Suárez se merecía hacer.

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